Por Ángel Lamuño

Frecuentemente egoísmo y altruismo se nos presentan como opciones concretas que se excluyen mutuamente y se nos exhorta a dejar atrás nuestro egoísmo y abrazar el altruismo como única opción moral.

En realidad egoísmo y altruismo son dos abstracciones que se contradicen y en las que se formula el problema del amor en términos que lo hacen insoluble. Pues, ¿quién puede amarse a sí mismo sin amar a los demás y quién puede amar a los demás sin amarse a sí mismo?

Pero, ante todo: ¿qué es el amor, en qué consiste? El amor propiamente dicho es un acto voluntario, es el acto de querer un bien para alguien. El amor tiende al bien querido y a la persona amada para quien se quiere ese bien. Naturalmente, puedo amarme a mí mismo, puedo querer un bien para mí, de la misma manera que puedo amar a otro.

Si Pedro ama a María quiere un bien para ella y ello en el pleno sentido de la palabra: Pedro quiere que María se benficie disfrutando de ese bien. Hay que notar que el gozo no es exclusivo: si el amado goza disfrutando del bien recibido, el amante goza con el gozo del amado. Así, la mamá que da un helado a su hijo goza viendo al niño disfrutar de él.

Los seres humanos somos personas en comunidad y estamos destinados a gozar unos con otros en el disfrute del bien común.

Nuestro bien común está constituido por bienes particulares, algunos de los cuales son propios, como tus zapatos -o los míos- y otros están destinados a ser comunes, como una fuente en un parque público. Pero también el que tú tengas zapatos, un bien propio, es bueno para mí y precisamente así es parte de nuestro bien común. No es que yo me vaya a poner tus zapatos para recibir un beneficio de ellos, es que gracias a tus zapatos, que a mí no me quedan, puedes caminar hasta mí y darme el gusto de caminar conmigo hasta el parque y disfrutar juntos de la fuente.

El amor tiende a despertar el amor. El amado que recibe un bien del amante, si sabe apreciarlo, apreciará también al amante y responderá con agradecimiento y con amor: el amor tiende a la reciprocidad. El amor es principio de unión entre los amantes, entre quienes se aman de manera recíproca.

Es verdad que el amor verdadero muchas veces implica el sacrificio: a veces para dar un bien a otro es necesario renunciar a un bien para uno mismo. Pero ese sacrificio, que puede ser doloroso, no deja de tener un elemento gozoso porque está motivado por el bien de la persona amada. Cuando considero que mi privación está ordenada al gozo de mi amado la carga se hace más ligera.

El amor ordenado a uno mismo y el amor ordenado al otro, lejos de excluirse mutuamente, se implican uno al otro. Estamos hechos para disfrutar juntos de un bien común.

@AngelLamuno

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Escrito por La Pluma Invitada

La Pluma Invitada es un espacio de colaboraciones para la Revista Humanum.

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