Se destacó esta semana en los medios de comunicación la aprobación del Papa Francisco a una modificación al Catecismo de la Iglesia católica que declara “inadmisible” la pena de muerte.

La nueva redacción del número 2 mil 267 señala que «la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona, y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo. Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves» y advierte también que «se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente».

Luis Ladaria Ferrer, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, envió una carta a los obispos de todo el mundo para informar de este cambio, donde afirma que «descansa principalmente en la conciencia cada vez más clara en la Iglesia del respeto que se debe a toda vida humana».

Me ha llamado la atención que muchos de los opositores a esta modificación del catecismo en redes sociales sean algunos grupos de católicos, lo cual no deja de ser paradójico porque han sido los más férreos militantes de causas pro vida. ¿Acaso sólo es vida humana la de una persona en el vientre materno? ¿Qué nos hace pensar que no es digna de defensa la vida incluso del más terrible de los criminales?

Ha tomado un fuerte impulso desde el siglo pasado una tradición de pensamiento encabezada por San Juan Pablo II, por filósofos cristianos como Emmanuel Mounier o Gabriel Marcel e incluso por pensadores judíos como Emmanuel Levinas o Martin Buber, quienes nos invita a mirar de un modo nuevo y original el misterio de la persona. Herramientas metodológicas de la filosofía como lo es la fenomenología y los aportes interdisciplinarios de ciencias como la antropología, la sociología o la psicología nos paran de una manera distinta frente a los acontecimientos humanos.

Este nuevo impulso intelectual nos ha llevado a ver la dignidad humana como una categoría ontológica y no moral. Que en toda circunstancia tengamos la claridad en que la persona es siempre fin y nunca un medio. Es decir que todo hombre es capaz de albergar en su corazón el bien, aunque haya cometido el peor de los crímenes. La persona es un misterio que no puede ser explicado por sus propios límites y su capacidad de hacer el mal, porque hay algo en él que es aún mayor, como afirmaba Hannah Arendt en La condición humana: no podemos comprender lo humano por nosotros mismos sino que la respuesta viene de fuera, es decir que es un misterio que sólo es explicado por la existencia de Dios.

Con esta medida, Francisco subraya una confianza en que todo hombre y mujer es objeto de una mirada de amor y de ternura que no puede merecer, pues aceptar nuestros propios límites y miserias nos hacen esperar que no nos determinen nuestros actos ni que el mal configure nuestro destino.

Pareciera que este sencillo (pero determinante) acontecimiento llega tarde, como lo fueron la condena a la esclavitud en el siglo XIX, o el rechazo a las ideologías en el siglo XX. Pero quedan aún muchos conflictos que merecen una reflexión seria desde la óptica personalista: problemas de índole político, sociales, económicos, familiares, del carácter sexual de la persona que requieren una mirada nueva para ser comprendidos no ideológicamente, sino con una postura que no censure ningún factor de la realidad.

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Escrito por Gabriel Leal

Aprendiz de filósofo por accidente, docente por vocación y tapatío por nacimiento. Gusto por la literatura, la historia, la política y las tortas ahogadas.

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