Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, identifica aspectos existenciales en la génesis de lo que el autor denomina “enfermedades neuronales”, como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO).

Ubica estos padecimientos como efecto de un exceso de “positividad”, que tienen una semejanza con las enfermedades autoinmunes, es decir, son padecimientos en los que no es identificable un agente “externo” negativo, un “otro inmunológico”, sino que atacan al sujeto desde “dentro”, como un caballo de Troya.

Han entiende la positividad como actividad e indica que nuestro tiempo es vertiginoso y que el imperativo por hacer no viene ya dado desde fuera del sujeto, sino desde dentro. Frente a esta perspectiva, propone como respuesta la negatividad, entendida como un “no” a esta tendencia activista. En la posibilidad del “no” reside también la posibilidad del sosiego para el alma.

Ciertamente, las enfermedades neuronales del siglo XXI siguen a su vez una dialéctica, pero no de la negatividad, sino de la positividad. Consisten en estados patológicos atribuibles a un exceso de positividad. La violencia parte no solo de la negatividad que puede representar lo otro o lo extraño, sino también lo idéntico .

Han explica que la violencia psíquica (neuronal en su vocabulario) no sigue la lógica “inmunológica”, ya que carece de negatividad, es decir, un “otro” distinto al cual enfrentar, sobre el cual reaccionar. En cambio, afirma que esta violencia es “sistémica”, pues surge desde dentro del sistema, en este caso la psique humana. En otras palabras, lo que ocurre con el exceso de actividad es un colapso del yo debido a la “sobreabundancia de lo idéntico”: hiper-actividad es una “masificación de la positividad”.

El autor atribuye esta tendencia a la actividad a un cambio de paradigma social: se ha pasado de la “sociedad disciplinaria” –caracterizada por la negatividad de la prohibición, al cual genera locos y criminales– a la “sociedad de rendimiento”.

Estos cambios en las estructuras sociales han influido en la psique de las personas, de tal modo que el autor acuña dos términos: a nivel individual ya no se puede hablar de “sujetos de obediencia”, sino de “sujetos de rendimiento”.

A pesar de las diferencias entre estas dos formas de sociedades y de los sujetos que generan, hay un elemento que comparten: “el afán de maximizar la producción”.

La diferencia entre estos esquemas es, como se ha señalado, que en la sociedad disciplinaria la exigencia es externa, en cambio en la sociedad de rendimiento es inmanente al sujeto.

La dificultad que tenía la sociedad disciplinaria, que se basa en el deber, es que es bloqueante e impide el crecimiento, mientras que la sociedad de rendimiento, que se basa en el poder, es más eficiente.

Han observa que el sujeto de obediencia se mantiene en el sujeto de rendimiento, ya que el poder no anula al deber, lo sintetiza: ahora se tiene un sujeto que ha interiorizado el deber, que se ha convertido en amo y esclavo. Han deja ver que esta tendencia hacia el rendimiento es lo que causa los infartos psíquicos:

«Lo que provoca la depresión por agotamiento no es el imperativo de pertenecer sólo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento. Visto así, el síndrome de desgaste ocupacional no pone de manifiesto un sí mismo agotado, sino más bien un alma agotada, quemada. Según Ehrenberg, la depresión se despliega allí donde el mandato y la prohibición de la sociedad disciplinaria ceden ante la responsabilidad propia y las iniciativas».

A modo de antídoto, Han apelará a una vuelta a la vita contemplativa para encarar el mal que ha venido a ser la vita activa, término característico de la filosofía de Hannah Arendt y a quien desafía Han.

Por otra parte, el vértigo que introduce el exceso de actividad en el hombre tardomoderno impacta en la imagen de una vida que se esfuma de las manos y ubica la angustia del hombre en la ausencia de la experiencia del Ser, lo que ocasiona el nerviosismo y la intranquilidad.

La actividad desnuda le quita el carácter narrativo a la vida y hace una vida desnuda, con lo cual el único ideal que permanece es el de mantener la salud de esa vida desnuda. Indica han recuperando a Nietzsche:

«Tras la muerte de Dios, la salud se eleva a Diosa. Si hubiera un horizonte de sentido que rebasara la vida desnuda, la salud no podría absolutizarse de ese modo».

A modo de conclusión diría que el planteamiento de Han es pertinente para esta sociedad activa, de rendimiento, en donde la reflexión filosófica y el sentido religioso se plantean como posibilidades para gozar de una vida más humana y se convierten en esa “negatividad” que puede hacer frente a un mundo en donde el sujeto humano es extraño para sí mismo, en donde a pesar de que se refleja interminablemente en muchas pantallas, no llega a conocerse ni puede responder los interrogantes últimos que habitan en él y que al no ser saciados se manifiestan bajo las formas de las enfermedades psíquicas que no son de origen genético.

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Escrito por Víctor Vorrath

El gusto por contar historias me llevó al periodismo y la literatura; la pasión por la filosofía, a la docencia. Chilango que se mueve entre Puebla y Oaxaca.

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